Temple Bar

Temple Bar
Donde el tiempo no tiene lugar

sábado, 11 de septiembre de 2010

Mi primera semana aislado

Llevo ya una semana aquí. No es mucho, eso es cierto, aunque no es menos cierto que es tiempo suficiente para llegar a un par de certezas: primero, los dublineses no llevan gafas, todavía no sé muy bien porque, tal vez es una salvedad genética que solo comporten ellos y las ovejas, sí, estoy en disposición de asegurar que las ovejas irlandesas tampoco llevan gafas. Eso me lleva a sospechar extrañas relaciones no aclaradas entre ambas especies. No voy a dejar que mis sospechas vuelen como arena pálida en el ajardinado desierto húmedo de Dublín, la poesía es un hiato mermeloso en mi vida, qué le vamos a hacer. Prometo ante mí y ante un árbol inclinado con un fondo de postal, sol poniéndose y virginal rubia cagándose en los muertos de alguien, que averiguaré más cosas sobre el caso de las gafas irlandesas ausentes. En fin, el hecho es que sin duda, puedo estar seguro, soy el único maromo que lleva gafas en toda la ciudad. No sé si eso debería acojonarme, por si acaso me medio acojono, es mejor que nada; segundo, realmente aquí la gente bebe sin moderación, es como si no quisieran seguir viviendo, algo sin duda digno de admirar, pues pocos seres con capacidad de supervivencia son capaces de meterse esa cantidad de cerveza una noche de martes, siendo conscientes como son que al día siguiente, horario irlandés, lo que quiere decir que van a madrugar como pecadores protestantes, tienen que ir a trabajar por huevos. Voy a meteros en escena, ¡seguid leyendo!, haced un esfuerzo joder, que me lo estoy currando: estoy sentado en un taburete, creyéndome un Bogard, aparentando un Pajares, acodado en la barra de un bar, “pub” para los snobs, “sitio de copas” para los infradotados. A mi espalda una mesa entera ocupada por fauna local con caras rojitas y sonrisa bobalicona, cantando y riendo, alguno intenta hacer las dos cosas a la vez y, lógicamente, acaba atragantándose el pobre. De repente una de las mujeres, sí, hay mujeres en Irlanda, pero ese tema complejo y freudiano lo vamos a dejar para más adelante, como decía, una de las mujeres se levanta, y dice algo, que por supuesto soy incapaz de comprender, a uno de los bobalicones de menor tamaño, el tono era demasiado altillo como para no tratarse de una bronca parejil, por cierto para haceros una idea de las dimensiones del irlandés medio, pese al tamaño reducido del susodicho se bastaría y se sobraría para darme una somanta de ostias de las que no me olvidaría en la vida, solo detallo, en fin, yo, que tengo un don para estas cosas, cuando veo que la borracha de pie apunta con el dedo al borracho sentado, me huelo que allí iba a haber follón, y a ver, tú qué harías, sí, lo mismo que yo, me quedé mirando como un tonto-puerta (existe esta expresión lo que pasa es que tu no tienes suficiente vocabulario para reconocerla, que lo sepas). Acto seguido, un tercer borrachín, de dimensiones sensiblemente superiores a los dos anteriores, entiéndase sensible por triplicado, con pintas de guerrero escocés de película de Mel Gibson, manda callar a la mesa entera, un poco más y se calla el pub, digo bar, entero, por respeto, por respeto a que te caiga una galleta bien dada se entiende. Y yo sigo en plan mirada de halcón cojo, una modalidad muy extendida entre pagafantas y otros aficionados a los abrazos de koala (con palmaditas en la espalda incluida), expectante, a punto de ver mi primera pelea en tierras verdes, donde se supone que las peleas de borrachuzos son legendarias y muy cinematográficas, o al menos eso creen los irlandeses judíos de California. Y entonces el gigantón grana pone encima de la mesa una bolsa de viaje, ¡Dios Mío! He ido a caer en uno de los engendros de Robert Rodríguez, ahora el mariachi /airish/ me saca una recortada y envía medio pub... Digo bar, al otro barrio, y encima voy a tener que aguantar el funeral en gaélico del norte, genial. Y señores, y alguna señora que me lea, cosa que dudo, el merecimiento de título de señora digo, el tío con todos sus cojones encima de la mesa (figurado, mal pensado) saca una gaita gigante (“uillean pipe” se le llama), nunca había visto algo tan grande, y sí, yo también se la he visto a Álex, y empieza a tocarla subido a la mesa, marcando el compás a golpecitos de talón (inspirador y grácil a un tiempo), y vitoreado por los habitantes bermejos del bar, o sea todos los borrachos que había allí dentro, que aquella ahora, incluyéndome a mí, nos reducíamos a un cien por cien del universo estadístico, y el resto es leyenda amigos, el resto es leyenda... ; tres, esta gente no sabe comer. Al principio les miraba con inquina, les veía como unos seres malvados que me obligaban a patearme el barrio para encontrar supermercados decentes, por ejemplo uno donde tuvieran verduras y fruta en vez de productos reazucarados, dulcificados e hipergraseados. Lo conseguí, después de caminar dando vueltas alrededor de una hora y media y volver a casa abochornado escondido tras un mantón de Manila de derrota, y preguntar a mí compañero de piso italiano (y por tanto parlanchín), resultó que si giraba por la calle opuesta a la que había tomado la primera vez tenía un súper “Tesco“, algo así como un “Mercadona” pero más pequeño, más azul y menos naranja, a cinco minutos de casa caminando. Sí, compañeros, “It’s my way of life“. Y sabéis que me gusta, “You know, bro“. Ahora los bizqueo con pena, ni tan siquiera cocinan con aceite de oliva, ¡Santo Dios! Es cierto, parándote a observarles detenidamente detectas un pequeño rictus escondido, apenas pespunteado por la redoblez involuntaria de la comisura de los labios, eso es sufrimiento amigos, pena y dolor ante la asunción de una verdad irrefutable: ¡Coméis como el culo! Desde entonces me apiado de ellos, de esa forma de vida dolosa, aparentando felicidad y plenitud; he ahí el porque de su afición a la cerveza, lo descubrí en apenas siete días: beben para olvidar, para olvidar la pesadez de sus estómagos insatisfechos, para acallar las gritos y las quejas de indignación de sus venas y arterias en colapso constante hacia el momento del atasco mortal, beben para acallar el remordimiento. Sé que vosotros no cocináis con aceite, y os compadezco. Rogad conmigo, mal alimentados del mundo, alabados vosotros, porque vuestra será la granja del otro mundo, la granja del padre eterno. Amén. Dicho lo cual, con un cuatro y un bizcocho, pinocho (¿no era así verdad?).

5 comentarios:

  1. Inefable relato del inicio de tu periplo irlandés. Solo se me plantea una ligera duda que espero resuelvas, ¿carece tu ordenador de la tecla ENTER?

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  2. Miguelon miguelon... espero que con el paso del tiempo y el progresivo aumento de ingestion de bebidas alcoholicas, no pierdas tu afición por la palabras escrita.
    Eso si! apoyo a Dani, (sea o no uno de los Danis que tenemos en comun) algun que otro salto de linea contribuiria de forma notable a la no degradación de mi córnea, y de este modo podria (en un futuro quiza demasiado lejano) llegar a parecer un irlandes cualquiera, entendiendo como tal, aquella persona no necesitada de uso de gafas!

    keep on rockin'

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  3. By the way, podrias hablar con Alex (el del rabo gordo) para que te haga una cabecera más... esto.. bueno... mejor!
    La que tienes ahora me parece un poco desmesurada en tamaño y hecha con poco cariño.

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  4. migueloncio, empieza a buscar mujerzuelas, que he visto en peliculas que se liga mucho :P

    besitos
    el otro dani, debe ser P, ya que yo soy C ^^

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  5. Solo te digo que aquí también tengo miedo que de un momento a otro saquen la recortada que lleban en el coche y tampoco cocinan con aceite de oliva. De echo ayer comí chapulines, o lo que es lo mísmo, saltamontes! Así que no te quejes de las grasas saturadas que saben de vicio.

    Besos des del D.F.

    Laura

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