La extraña afición de los irlandeses a caerse por la calle me obsesiona. Las formas de despeñarse son tantas y tan variables: de cabeza, culo en pompa, rodilla y barbillita, pies esponja, tobillos de plastilina,... La cara es siempre la misma, sorpresa y desconcierto, da igual la edad, el peso, el sexo y si es hombre o mujer, todos acaban teniendo el mismo final, sucio y mojado casi siempre. La lluvia es un elemento presente en todos los rincones de esta religiosa ciudad, allá donde vayas hay pequeños restos dejados por la última lluvia del día, o bien los anuncios de la próxima por caer, a veces separadas entre ellas por una estrecho cinturón de apenas algunos minutos. Y cuanto más lluvia cae más melancólica se vuelve la ciudad, más salvaje y primitiva a través del manto minúsculo y móvil de las infinitas gotas cayendo alrededor, llenándolo todo de puntillismo y delicioso desenfoque. La realidad se vuelve relieve serpentino, y los habitantes navegan desvelando cortinas sin principio ni fin, como un túnel de diseño azulado rasgado a medida que se hace camino. Y juega con nosotros, la lluvia cobra vida en esta pequeña isla azotada por los vientos polares durante la mayor parte del año, se encapricha de uno y se aterca a mecerlo, a dejarle sentir su fuerza y su furia durante unos segundos, para luego volver a acariciar con su faz húmeda todos los rincones del cuerpo, imprimir su sello mojado en toda intemperie valerosa, y cuando está de buen humor, aparecerse como pequeños destellos apagados de sol tímido entre nubes de algodón perla. Y la odias y la amas con toda tu fuerza, porque la relación a medida que convives con ella se acrecienta, se vuelve indistinguible parte de uno mismo, el aleteo líquido de un ser invisible que está en todas partes; hasta que un día un fogonazo de otra cosa más clara que la luz ciega tus sentidos, de golpe entiendes la fuerza de la palabra lluvia, la fuerza contenida en toda la furia de un sonido expulsado al viento, despegue a través de gotas crónicas y ancianas, y te das cuenta que estás ante un dios, uno de los pocos inmortales que vivirán tanto como viva el ser humano, que tiene tanto de inmortal como nuestra raza longevidad, pues estará siempre con nosotros, y siempre lo ha estado, y lo está ahora, en este mismo momento; pariendo legión de colores alrededor, pues todos se deben al azul apagado de la lluvia: el verde juvenil de los jardines y los bosques, el marrón anciano de los tristes árboles tan sabios como supervivientes, el cristalino azul eléctrico de los ríos y riachuelos inacabables, el dorado pálido de una mañana de otoño, y el rojo sonrisa de los mofletes de sus hombres y mujeres, de palabra rápida y mirada amistosa. Dublín es laberinto de agua en descenso infinito, en abrazo licuado, y anónimo compañero fiel allí donde estés; Dublín es lluvia, y todo lo que esconde y que se descubre a tu paso. Siempre. Y caídas, decenas de caídas bajo las goteras inmortales de Dios.
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